jueves, 7 de febrero de 2008

LA PARASHA DE LA SEMANA


Parashat Trumá

Parashat Trumá inaugura el relato de la construcción del Mishkán, el santuario que acompañó a los hijos de Israel durante la travesía del desierto y que habría de ser la morada de Dios en la tierra y - por ende - el lugar del Servicio Sagrado.
Nuestros Sabios de bendita memoria se han encargado de comparar al relato de la construcción del Mishkán con el relato de la Creación del mundo. Han hallado una gran cantidad de similitudes entre un relato y el otro, verbos conjugados de idéntica manera y giros idiomáticos llamativamente parecidos. Sin embargo hay algo que merece ser interpretado. La Torá dedica sólo treinta y cuatro versículos para referirse a la Creación del mundo mientras que utiliza cuatrocientos cincuenta - ¡casi medio libro de Shemot! - para referirse a la construcción del Mishkán.
¿Qué nos quiere enseñar este desequilibrio?
¿Porqué la Torá dedica tantas líneas a un tema que trata de algo tan pequeño como el Tabernáculo y - al mismo tiempo - dedica tan poco espacio para hablar de algo tan majestuoso como la Creación del mundo? El nacimiento del cosmos y la creación del mundo pertenece al dominio de los secretos de Dios. La Torá - tal como dijo alguna vez el Profesor Ishaiahu Leibovitz Z’L - no pretende ser un Tratado de Cosmología.
Pareciera que a Dios no le importa contarnos lo que hizo para crear el mundo, sino que le importa enseñarnos a darle un sentido al universo creado. No le interesa enseñarnos el "Cómo" del mundo, sino que pretende que pensemos en el "Para qué". La Torá es el Manual que Dios nos ha regalado para elevarnos y el Mapa por medio del cual buscamos a Dios y lo invitamos a morar en la tierra. En ese sentido, la construcción del Mishkán es infinitamente más preciosa a los ojos de Dios que la creación del mundo. Al crear el mundo - es cierto - Dios nos demostró lo mucho que está dispuesto a hacer por nosotros. Pero al construir el Mishkán, nosotros le demostramos lo mucho que estamos dispuestos a hacer por Él.
No lo adoramos sólo por ser el Creador de todo lo existente, sino que además lo queremos cerca... caminando junto a nosotros en el centro del campamento. De eso se trata esta construcción, nada más, pero tampoco nada menos...
¡Shabat Shalom!


LIBRO: SHMOT 25:1-27:19
HAFTARA: I Melajim 5:26-6:13
TRUMA

El mensaje de los símbolos

“Harás también dos querubines de oro, labrados a martillo los harás, en los dos cabos de la cubierta.Harás, pues, un querubín al extremo de un lado, y un querubín al otro extremo del lado opuesto: de la calidad de la cubierta harás los querubines en sus dos extremidades.Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas la cubierta: sus caras la una enfrente de la otra, mirando a la cubierta las caras de los querubines.Y pondrás la cubierta encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré.Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre la cubierta, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, todo lo que yo te mandaré para los hijos de Israel.”
Shemot-Exodo 18:22
Estamos transitando uno de los temas de la Torá que más me apasionan o más me intrigan: la construcción del Mishkán, del Santuario en el desierto.Fíjense la secuencia que la Torá nos propone:Parashat Itró, hace dos semanas nos conmueve con la voz de Dios que entrega los Diez Mandamientos en el monte Sinaí.Parashat Mishpatim, cuando aún no nos podíamos reponer de la escena escalofriante del monte, Moshé nos prescribe una larga lista de leyes ligadas a lo cotidiano, a los préstamos, las responsabilidades sobre los objetos del prójimo, el respeto a los padres, el trato a los esclavos hebreos, las festividades… Entre Itró y Mishpatim hay un mensaje: las palabras del cielo sin las leyes de la tierra, no tienen sentido. Ambas son la ley para el pueblo de Israel.Y ahora, Parashat Trumá, que relata con minuciosidad extrema cada centímetro del Santuario, cada broche, cada bordado, cada material, cada objeto con sus medidas exactas, cada color, cada arandela para transportar cada objeto. Y he aquí otro mensaje. La voz de Dios temblando desde el monte en Itró, las leyes de la vida cotidiana en Mishpatim, y ahora la dedicación de ocuparse a los objetos que van a portar toda esa magnificencia. Porque en realidad, las prescripciones y las leyes ordenadas tendrán verdadero sentido cuando las aprendamos a guardar en nuestros pequeños espacios, cuando les encontremos un lugar en nuestras propias dimensiones. Ahora sí, los truenos y relámpagos del monte Sinaí llegan a nosotros. Cuando podemos construir un espacio en donde atesorar lo que recibimos para recurrir a ello cuando lo necesitemos.
Hoy les propongo centrarnos en el arca, “Arón atzei shitim”, un arca de madera de acacia, para albergar las tablas de piedra entregadas por Moshé. Bañada en oro por dentro y por fuera, con un borde de oro y cuatro argollas de oro, dos de cada costado para sostener los palos cubiertos en oro que permitirán transportarla. Sobre ella, una cubierta de oro fino y sobre la cubierta dos querubines, de oro tallado, con sus alas extendidas y las caras mirándose uno al otro…¡Qué difícil es para nosotros toda esta escena! Nosotros tan racionales, tenemos que estudiar que los guardianes del arca eran dos querubines. Sin embargo nos invito a saltear esta barrera y dejarnos llevar por el significado del símbolo. Hay algo más allá que dos simples “angelitos” encima del arca.Veamos su descripción. Los guardianes del arca se llaman KERUVIM. Muchos comentaristas se preguntan acerca de la raíz de esta palabra y muchos coinciden en que proviene del arameo: KE- RAVI, como niños (Talmud Bablí, Maséjet Jaguigá 13.b). Así este símbolo en principio nos da la primera pista: el acercamiento que debemos tener hacia la Torá es con la pureza y la ternura de los niños. Los arrogantes no están capacitados para estudiar Torá. Quizás sepan su texto de memoria, pero para entrar en ella, deberemos dejar los prejuicios de lado, las animosidades afuera y acercarnos con la curiosidad y la potencia para el aprendizaje que tienen los niños, sin segundas intenciones, sin el afán de competir con nadie, sin la suspicacia de leer para encontrar beneficios.
Las alas son el segundo indicio. No podemos acercarnos a la Torá si no creemos que tengamos la capacidad de volar. El estudio de la Torá es una dimensión de la libertad y no del sometimiento como muchos creen. Algunos creerán que lo que la Torá nos pide está simbolizado en el arca de madera: encerrados, adentro de cunas de oro. Yo, por mi parte, creo que el mensaje está en las alas de los querubines. Posados sobre el arca, cuidando lo que hay en ella, pero para hacernos fuertes y elegir nuestro propio vuelo. Si hubiera sido otra la intención probablemente esas imágenes no hubieran necesitado tener alas y mucho menos, la indicación de estar desplegadas hacia arriba.
Y por último, esta bellísima imagen de las dos caras mirándose una a la otra. Porque no hay estudio de Torá en soledad, es más, no hay Torá en el egoísmo, en la indiferencia, en la autosuficiencia. La Torá un espacio de encuentro, de humildad, de descubrimiento del rostro del otro, y del propio rostro, en el del prójimo. La ternura y la simpleza de los niños, la libertad para volar y soñar y el encuentro con el rostro del otro son las condiciones para cuidar aquella Torá que bajó del cielo, de la misma voz de Dios.Muchos creyeron que había que encerrarla para preservarla.Volvamos a darle su lugar en nuestros Santuarios.
Shabat Shalom uMevoraj!

Silvina Chemen - Rabina de Comunidad Bet-El