jueves, 28 de febrero de 2008

LOS CONSEJOS


Decía Tales de Mileto que lo fácil es dar consejos. Y tiene razón: poco hay que demos de forma tan generosa y desinteresada. Mas habría que completarlo, quizás, añadiendo que lo difícil es recibirlos. Tenemos en tanta estima nuestro propio criterio y nos consideramos con tanta frecuencia en posesión del juicio acertado sobre no importa qué asunto, que, a menudo, cuando pedimos una opinión no es sino para que nos confirmen la nuestra, y cuando rogamos que nos aconsejen, no otra cosa buscamos más que respaldo en lo que ya hemos decidido. Así que, al cabo, yo no sé si es fácil dar consejos, pero estoy seguro, en cambio, de que es inútil: nadie les hace caso y ni siquiera nadie recibe de buen grado una sugerencia que vaya contra sus propias convicciones. De manera que la costumbre de aconsejar es no sólo una pérdida de tiempo, sino también uno de los caminos más seguros para ganarse enemistades. Cosa distinta es que nos dediquemos a aconsejar a los otros precisamente aquello que quieren que les aconsejemos; labor que no es tan difícil como pudiera pensarse, porque, con un poco de atención por nuestra parte, dada la forma en que alguien formula una pregunta, podremos deducir muchas veces la respuesta que quiere oír. Entiendo, por esto, que es noble el precepto de Solón, cuando recomienda que al aconsejar al amigo debe buscarse antes el ayudarlo que el contentarlo; mas no sé si es propósito muy efectivo, porque mejor creo yo que la mayoría de los que piden consejo buscan más contento que ayuda.
En lo que a mí atañe, ni soy dado a darlos ni tampoco a pedirlos; y si he de ser sincero, añadiré que nada hay que me moleste tanto como el que, de buenas a primeras, alguien se permita aconsejarme sin que yo haya abierto siquiera la boca, y sin saber, por tanto, si necesito o quiero el consejo que con tanta generosidad se me brinda. Añádase a esto que es mucho suponer que quien aconseja posea una percepción más atinada del asunto que aquélla que uno mismo tiene, y, así, no es raro que, evitándole caer en un error, le ponga en peligro de incurrir en otro más grande. Para equivocarme me basto solo; y cuando lo hago –lo que sucede con más frecuencia de la que quisiera–, a nadie tengo que culpar más que a mí mismo. Uno es hijo y padre tanto de sus aciertos como de sus errores, y si los primeros nos alegran, los segundos nos fortifican. Y como me hallo convencido de que quien más y quien menos es de similar parecer, evito cuidadosamente meter la nariz donde nadie me llama; y a veces aun llamándome.
Y a más abundamiento, conviene observar que es un hecho, nada infrecuente, que aquéllos que por su propia iniciativa asumen el papel de consejeros son, en no pocas ocasiones, quienes menos capacitados están para serlo, y, de este modo, no falta quien cree saber perfectamente cómo debe organizar su casa otro, teniendo la suya patas arriba, o conocer lo que más le conviene a su vida sin haber hecho nada provechoso con la de él, al igual que esos entendidos que, sin ser capaces de escribir dos líneas seguidas, presumen de conocer con todo detalle los íntimos resortes de la novela, la lírica o el ensayo.
Además, quien se siente autorizado a dar consejos, y los da, declara, al hacerlo, que se considera a sí mismo más sabio o más avispado que aquél que ha convertido en su discípulo o en su víctima; conocedor más alerta de la cuestión en litigio, se encuentra siempre en condiciones de dejarla aclarada y resuelta en un santiamén; y ello sin importar cuál sea el asunto del que se trate, porque el consejero profesional (y quienes gustan de dar consejos a todas horas acaban haciendo de ello un oficio), el que cree poder aconsejarte en algo, es difícil que no crea, asimismo, poder aconsejarte en todo, y hasta tendría a deshonor y desprestigio el verse obligado a guardar silencio en alguna oportunidad: su sabiduría y su prudencia todo lo abarcan y todo lo pueden.
Yo tengo, sin duda, muchos defectos, pero al menos me encuentro apartado de esa forma de prepotencia. Sobradamente dificultoso me resulta poner en claro un puñado de preceptos para mi uso y beneficio diarios, como para permitirme asumir la responsabilidad de llevar de la mano a nadie. Y eso suponiendo que haya aconsejados tan dóciles, porque yo, cuando no tengo más remedio que asumir (o fingir que asumo) ese papel, no lo soy en absoluto. No pretendo que ni una cosa ni la otra me sirvan de adorno ni digo que ninguna de las dos sea disposición noble o virtuosa. Me limito a constatar un hecho: si mi indecisión (mi escepticismo, tal vez) me impide considerarme apto para aconsejar, mi orgullo me impide considerar apto a nadie para aconsejarme; si estoy dispuesto a admitir saber poco de los asuntos de los demás, no estoy dispuesto a admitir que alguien sepa más que yo de los míos (de manera que si hago mal el papel de consejero aún hago peor el de aconsejado, con lo que acaso me libro de una prepotencia para incurrir en otra). Y así, como antes decía, cuando me equivoco, me equivoco solo (y, a decir verdad, ésta es una de las cosas que mejor hago). Aunque, después de todo, ¿no es eso lo que le sucede a todo el mundo? Nadie aprende, como suele decirse, más que en propia carne, y a veces ni aun así.
Mas si tan necesitado me hallo de orientación, tengo suficiente con mis libros y mis autores preferidos, y como por cada consejo de uno puedo hallar otros dos distintos y aun opuestos, siempre me encuentro, al fin, libre de seguir mi propia inclinación, convencido al menos, si no de otra cosa, de no cometer un error mayor que el que otros espíritus más egregios que el mío cometieron. De todos modos, es lo cierto que cuando acudo a ellos, más que consejo, busco conversación; y hasta a veces tengo la soberbia de hablarles de igual a igual. Yo estoy seguro de ser, al menos en una parte importante, lo que he leído; y si exagero al decir que en mis lecturas me creo, no lo hago al afirmar que en ellas me descubro, y que sin discrepar de éste y concordar con el otro; sin ir más lejos que ése y sin pararme antes de llegar a donde llegó aquél, no sé si yo tendría algo que decir. Para mí es del todo obvio que la filosofía es primordialmente un diálogo, como atinadamente observó Sócrates, quien erró, sin embargo, al no advertir que a tal fin tanto vale (y aun más) la palabra escrita como la hablada. No digo esto porque albergue la pretensión de que estas divagaciones mías pasen por materia filosófica; me refiero tan sólo a que ellas son tanto mías como de aquéllos a quienes he leído y leo; lo que sin duda es para mí una bendición y para ellos seguramente una desgracia.
Pero volviendo a los consejos, he de aclarar que no siempre los hombres de los que hablo alcanzaron una edad provecta y avanzada. Llamo la atención sobre ello para salir al paso de eso que con frecuencia se afirma: que es el anciano quien mejor puede aconsejar, olvidando que lo es cuando lo es, pero no siempre, porque no siempre es la vejez sinónimo de prudencia o sabiduría, y no por fuerza quien ha vivido mucho ha vivido más. Decía Homero que los consejos y advertencias son el privilegio de los ancianos. Supongo que no se refiere a que sea privilegio del anciano el que se le aguante la murga y la tabarra, algo en lo que yo podría estar de acuerdo, sino a que es él quien más preparado está para advertir y aconsejar, y esto lo encuentro ya más discutible. ¿Quién puede asegurar que quien ha visto más ha visto mejor? No lo haría, desde luego, Heráclito, quien sostiene, en cambio, que quien ha vivido un día lo ha visto todo. Por eso, cuando alguien dice
«no vacilaré, puesto que te amo mucho y te llevo algunos años […] en darte un consejo» [Cicerón, Cuestiones académicas, II, 19],
lo mejor que se puede hacer es agradecerle su amor y rogarle que se guarde el consejo. Y no ya porque forzosamente hayamos de sospechar, con La Rochefoucauld, que a los viejos les gusta dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en condiciones de dar malos ejemplos; y ni siquiera porque, como observa Plutarco, al consejo o la reprobación suelen unir su propio engrandecimiento al insinuar que en similares ocasiones han actuado ellos de forma intachable, sino, principalmente, porque no bastan los años para formar el buen juicio ni para hacer a un hombre más prudente o mejor que otro. De manera que únicamente
«si no sólo tienen edad sino también fama y virtud» [Plutarco, «De cómo alabarse sin despertar envidia», 546F-547A],
debemos prestar alguna atención a sus palabras. Y aun mejor a sus hechos, porque sin duda que el mejor consejo es un buen ejemplo. No sé si acaso se deba a que la adquisición del lenguaje es un logro relativamente reciente en nuestro largo periplo evolutivo, y por eso antes que de la palabra hemos aprendido de la observación, pero es lo cierto, según creo entender, que nos hallamos más determinados a imitar lo que uno hace que a hacer lo que uno dice. Deja siempre la palabra un poso de desconfianza y de sospecha acerca de la sinceridad de quien la pronuncia o de cuáles sean sus verdaderas intenciones; mas tales recelos suelen desaparecer cuando nuestra atención es reclamada por la acción. No digo yo que no pueda mentirse en el hacer, pero seguramente mucho menos de lo que acontece en el decir. De ahí que eso que a menudo se repite –y que es, a su vez, un consejo, naturalmente–: «Haz lo que yo digo y no lo que yo hago», entendiendo que es razón impecable desde un punto de vista lógico e incluso moral, pero me parece también que es recomendación poco efectiva. De hecho, ya Demócrito aconsejaba justo lo contrario: emular las acciones y las obras excelentes, no las palabras.
Mas, como quiera que sea, no tengo el menor empacho en volver a insistir que, en lo que a mí concierne, recelo mucho de los consejos vengan de donde vengan: prefiero, con mucho, tener suficiente conmigo mismo. De ese modo, si acierto, nada tengo que agradecer, y si me equivoco, nada que reprochar. No me refiero, desde luego, a orientaciones en aspectos concretos, que sólo pueden ser ofrecidas por un profesional entendido en la materia de que se trate, sino al arte de vivir, en el que todos se creen entendidos, y si es así, no seré yo quien esté dispuesto a ir a la zaga de nadie. Y si se me dice que hay en esto que digo mucho de presunción y hasta quizás un tanto de misantropía, no me tomaré la molestia de negarlo. Después de todo, a veces me pregunto si acaso no pasará mucho tiempo antes de que yo también acabe por decir con Lord Byron:
«Cuanto más observo a los hombres, menos los soporto; si pudiera decir lo mismo de las mujeres, todo estaría bien.»
Y no sé yo si será precisamente lo reacio que soy a dejarme aconsejar el motivo por el que aun más insufrible que quien da consejos sin que se los pidan me resulta aquél que no sabe dar un solo paso sin pedirlos. Sé de una mujer (en aquel entonces estaba metida ya en la treintena) a quien su madre tenía que indicarle cada mañana qué ropa ponerse, o lo que es lo mismo: que ni siquiera se vestía sin que ésta le aconsejara previamente sobre el atuendo más conveniente y adecuado. Reconozco que el caso es extremo y que tal vez pudieran sospecharse actuando en él otros factores, y entre ellos, seguramente, una dependencia patológica de la hija respecto a la madre y quizás un dominio absoluto y no menos patológico de ésta sobre la hija, porque una relación así es del todo enfermiza, y quien se ve imposibilitado hasta para vestirse sin recibir la aprobación materna, ignoro qué cosas pudiera llegar a hacer por sí mismo y que escapen al control de quien le subyuga. Porque alguien así (siempre que no sea un completo farsante al que muevan quién sabe qué ocultos intereses) ha nacido, en efecto, para que le coloquen un yugo y lo conduzcan, siguiendo él, por su parte, mansamente, el camino que le indican, Y presiento que en faltándole un dueño buscará otro, porque ni sabe ni puede vivir sin amo y sin pastor. Verdad es (lo repito) que nos estamos refiriendo a una situación extrema, pero los rasgos que aquí pueden detectarse, bien que sobredimensionados, se encuentran asimismo en todos aquéllos que no pueden pasarse sin el consejo o la aprobación del prójimo: inseguridad e indecisión, por supuesto, mas también infantilismo y falta de voluntad hasta la abulia. Diríase que se hallan siempre enfrentados a un conflicto en el que, entre las alternativas que les son dadas, se muestran incapaces de decidir por sí mismos por cuál optar. Y no creo que tal actitud nazca siempre de un temor excesivo a equivocarse, sino de un espíritu apocado y veleidoso, porque suele suceder –y el agravante no es menor– que, frecuentemente, a menos que como los perros sólo acepten un dueño único y exclusivo, toman la advertencia más reciente por la más atinada; y, al cabo, termina siempre por hacerlos suyos el último que llega.
No desearía, sin embargo, que mi recusación de los consejos se tomase por absoluta. Necio es (como antes decía) no tener en cuenta la recomendación de alguien experto en un campo concreto, e incluso no buscar un asesoramiento tal (o varios, si es preciso). Pero no hay expertos en este asunto del vivir; y por eso, a aquéllos que en las más variadas cuestiones no saben hacerlo sin tener un Petronio permanentemente a su lado, y a aquéllos, también, que han terminado por hacer del aconsejar una profesión y se creen capacitados para impartir doctrina a jornada completa, habría que recordarles que, por lo general, y cuando del vivir mismo se trata, un consejo no es sino otra opinión, y que, como afirma Gorgias,
«la mayoría de los seres humanos ofrece la opinión como consejo del alma. Mas la opinión no es digna de confianza porque precipita a aquellos que la aceptan por caminos igualmente inciertos» [Defensa de Helena, fragmento XI];
y para transitar por caminos inciertos no tenemos ninguna necesidad de que nos ayuden.