sábado, 15 de marzo de 2008

EN LAS PUERTAS DE PURIM

Estamos recordando y festejando nuevamente la celebración de Purim.

En esa mezcla inefablemente judía de unir una festividad de origen religioso con la fiestas donde los chicos son los principales protagonistas, los disfraces y los juegos e infaltablemente un emblema culinario tan omnipresente en toda festividad que se precie de ser judaica como las riquísimos Orejas de Haman para unos y los Humentashn para otros (como los llamaba mi mamá) que nos recuerdan que la comida es un factor de gran importancia en toda familia judía que se precie de tal.

No queremos volver a narrar la historia de la Reina Ester y su tío Mordejai. Algunos historiadores dicen que esa es una típica narración babilónica, no vamos a detenernos en esos detalles y tampoco queremos elucubrar sobre si Ester fue una reina o una concubina del rey Asuero. Pero si deseamos reflexionar sobre uno de los aspectos de este relato, sobre como los judíos se salvaron de la perversa intriga de Haman gracias a todo el esfuerzo y el amor por los suyos que evidenciaron Mordejai y la reina Ester.

Nuestra reflexión en este caso quiere hacer hincapie en hechos que han tenido lugar a lo largo de nuestro muy extenso y viejo pasado y ocurren muy a menudo en la actualidad. Sobre como a veces y en muchos casos a menudo, somos deudores de la ayuda y del amor que judíos provenientes de familias o parejas mixtas han sentido y sienten por nuestro pueblo.

Del completo sentimiento de pertenencia de quienes tienen un apellido judío y una madre que no lo es, o de aquellos de quienes nunca sospecharíamos una identidad vinculada con el judaísmo por su apellido y que lo son totalmente.

Sobre todo eso y sobre quienes fijan las excepciones y las exclusiones que les son infligidos a quienes no lo merecen, sería bueno reflexionar cuando conmemoramos Purim y recordamos agradecidamente que la judería babilónica se salvó gracias una mujer judía, Ester, casada con alguien que no lo era.