jueves, 3 de abril de 2008

EXTRAIDO DE LA REVISTA SEFARAires

Pésaj, algunos rituales entre los judíos de Alepo
Por María Ch. de Azar
Pésaj es una festividad que conmemora la liberación del pueblo judío, sometido a esclavitud en Egipto por más de dos siglos, recuerda su éxodo masivo hacia una vida independiente.
Pésaj transcurre en el mes de Nisan, cuando comienza la primavera, época de las primeras flores en Israel. En el mes de Nisan se bendecían en el Templo los primeros gajos de cebada, a partir de ese momento se iniciaba la cuenta del Omer, las siete semanas hasta la cosecha del trigo, cuarenta y nueve días después, la recepción de la Torá, solemne celebración de Shavuot.
Un recorrido pensado en los procesos que rigen la producción de los frutos de la tierra, coronado con la recepción de las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí. Según la Biblia el día 14 de Nisan, los israelitas llevaban al Templo un cordero macho de menos de un año de edad, para ofrecerlo en sacrificio, debían marcar con la sangre del animal las jambas de sus puertas. Se concretaba la última plaga.
Era la señal asignada; identificación que evitaba el cumplimiento de la amenaza: la muerte del primogénito. Es una profunda huella de la celebración del Seder. Durante muchísimos años los primogénitos de cada familia judía observaban el ayuno exigido.
La comunidad alepina sostiene su significado cumpliendo un rito, cada 15 de Nisan en la plegaria matutina, es costumbre en la sinagoga bendecir el vino y repartirlo, el pater familia llevara una parte a su casa, allí lo beberán los primogénitos.
Este sencillo ritual es respetado y temido si faltara; es sorprendente durante la cena de Pésaj, observar a los padres preocupados para que sus primogénitos tomen un sorbo de ese vino, reservado exclusivamente por el abuelo.
Otra costumbre de los judíos de Alepo, de observancia alájica, es el bedikat jametz, la búsqueda de restos de pan o producto leudado, practicada cuando ya toda la casa está limpia y liberada del jametz. En el atardecer del 14 de Nisan, se oscurecen las habitaciones y con una vela encendida en la mano, el jefe de familia, previas palabras de la liturgia, busca en los rincones de la casa un resto de jametz, una miga, previamente escondida por los niños, acompañan a su padre en el recorrido y entusiasmados participan de este acto tradicional, transmisión eficaz, significado activo, registro insoslayable de la prohibición de consumir alimentos leudados.
Antiguamente usaban una cuchara de madera y una pluma de ave para recoger las migas de pan que pudieron encontrar, estas serán quemadas a la mañana siguiente. Este año 5768, la primera noche de seder acaece en sábado, razón por la que ha de cumplirse el bedikat jametz, la noche del jueves, para no profanar el shabat. Este sábado se denomina sábado de los dos panes.
La vajilla de Pésaj es diferente a la que se utiliza el resto del año, no todas las familias tienen esta posibilidad y para usarlas durante ésa semana, cumplen una norma alájica. Su práctica me provocaba fascinación, una química especial, lo recuerdo como un acto de alquimia. Calentaban sobre las brasas piedritas de canto rodado que, al echarlas sobre el recipiente de agua hirviendo, provocaban una densa humareda y un ruidito burbujeante, escena imborrable que contemplábamos hechizados, como un proceso mágico que no alcanzábamos a interpretar. En ese recipiente fantástico y sonoro, sumergían los utensilios para casherízar la vajilla, hacerlos aptos para su uso durante la semana de la celebración.
Conducción del Seder:
El seder es el servicio religioso que incluye la cena festiva, significa orden y comparte la raíz de la palabra sidur, en hebreo: “libro de oraciones”, que contiene el orden de las plegarias.
Una variedad de alimentos son necesarios para cumplir el ritual: vino, tres láminas de matza, hierbas amargas, jaroset, una fuente con agua salada, una porción de carne asada, huevos duros y una copa diferente, a las que usarán los miembros de la familia.
En la época del Éxodo, consumada la ofrenda, se celebraba el Pésaj masivo donde todos debían servirse de la carne asada del sacrificio. En la actualidad, el zeroa, porción de carne o pollo asado se incluye en la bandeja del Seder, sólo se consume la segunda noche.
El cumplimiento de Iajatz, consiste en quebrar la matzá en dos trozos, recuerdo del pan del pobre que nunca es entero, el trozo más grande (oman) se envuelve en una servilleta y el trozo más chico se coloca entre los otros que quedan en la ceníe (bandeja del Seder)
Entre los judíos de Alepo es tradición usar el trozo envuelto, oman, para desarrollar un ritual: el Msharotá. Consiste en tomar con la mano derecha las cuatro puntas unidas del envoltorio, se apoyan sobre el hombro derecho, en alusión a la carga que transportaron nuestros antepasados en el desierto y se pronuncia el versículo:
Misharotá m serurot besimlotam al shijman, ubne Israel asú kidbar Moshé pasando de mano en mano por todos los comensales, a los que se pregunta:
- ¿De dónde vienes?
- de Mizrahim
- ¿A dónde vas?
- A Yerushalaim
Todos juntos responden
- El año que viene en Jerusalém
Cuando se sirve la segunda copa de vino, siguiendo el orden establecido, es costumbre retirar la ceníe de la mesa, generalmente una joven soltera, de quien se espera un pronto noviazgo o boda, quien lleva la bandeja hacia un costado, donde esperan los niños, quienes reciben dulces, como anticipo de la celebración.
Este movimiento del objeto principal de la celebración es oportuno para despertar la curiosidad de los niños, mantenerlos activos y estimular las preguntas:
- ¿Por qué esta noche es diferente a todas las demás noches?
- ¿Por qué esta noche sumergimos los alimentos dos veces en agua salada y ninguna todas las demás?
- ¿Por qué esta noche comemos sólo matzá y todas las noches jametz y matzá?
- ¿Por que todas las noches comemos diferentes verduras y esta noche sólo verduras amargas?
- ¿Por qué todas las noches comemos sentados y esta noche sólo reclinados?
Se ubica la ceníe en su lugar, dejando expuesta las láminas de matzá, comienza el relato con los avatares de la esclavitud, el dolor del éxodo representado en las hierbas amargas, el apresurado pan sin leudar y la copa de vino, volcada en diez partes, temible símbolo de las diez plagas.
Son parte de las costumbres que se cumplen en la celebración de Pésaj, algunas son tradiciones particulares de los judíos de Alepo, especialmente se observan para que niños y adultos cumplan cierto protagonismo, y la transmisión una vez más, funcione como garantía de la continuidad.
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Reuniendo mis recuerdos de Pésaj
Por José Mantel
*Cuando se hacía la limpieza para Pésaj, es decir: quitar todo vestigio de james (comida no permitida) de la casa, en Izmir se les encomendaba a los más chicos que recorrieran los “cantones” (rincones) con una vigla (candela) para buscar miguitas de pan que no hubieran sido barridas. Era una forma de hacerlos participar de los preparativos. En Buenos Aires, en mi casa al menos, esa costumbre se perdió. Por supuesto, siempre se hacía la limpieza a fondo y se eliminaba todo lo que no fuera de Pésaj. En realidad lo poco que quedaba, ya que días antes se consumía lo que había y se compraba diariamente pequeñas cantidades para tirar lo menos posible.
*Se que en algunas casas, en lugar de tirar lo que no era pascual, se guardaba en una alacena. Lo mismo pasaba con la vajilla. Unos tenían vajilla especial para Pésaj, otros usaban la más fina que tenían y que guardaban para moé (las grandes fiestas).
*Acompañantes insustituibles de los desayunos eran la matzá dulce y el exquisito arrope de uva chinche que preparaba mi tía Donna, siempre enviaba un frasco para mi casa y otro para mi tía Clara. A propósito del tema, mi suegra hacía el arrope con azúcar negra, después apareció la harina de matzá, entonces fue todo fácil, comer bizcochuelos, budines, pastafrolas ¡en medio de Pésaj!, ¡antes inimaginable! Pero me pregunto ¿había harina de matzá en Izmir y no se usaba?.
*En la cuadra de la calle Gurruchaga al 500 (Buenos Aires) hay una confitería en la que se congregaban multitudes de ashkenazíes para comprar toda clase de exquisiteces aptas para consumir en esas fiestas. Los djidiós, aunque tímidamente en los primeros tiempos, se incorporaron rápido a la masa de clientes de la confitería. Algunos muy sifús (guardianes de la ortodoxia) dudaban de la “aptitud pascual” de las delicias mencionadas. Pro para responder a esa duda staba el argumento que transfería responsabilidades al otro. bien característica de los “muestros” :el pecado es para él”.
*En la década de los cincuenta, había sólo en esa cuadra de la calle Gurruchaga, más de treinta familias de djidiós y por supuesto muchísimos eran niños. Si bien no era habitual, alguno de estos chicos aparecía en la calle con un crujiente sándwich de pan francés y mortadela, como ignorando expresamente el cuidado pascual de la alimentación que todos conocíamos. En el colmo de la desubicación, se veía a algún gameo grande (estúpido) comiendo un sándwich de pebete con jamón y queso en el Moderno Bar de Gurruchaga y Corrientes.
*No faltaban todo tipo de coartadas justificadas en la salud, argumentadas para disculpase al ser hallado comiendo pan, enuncio las principales:
- La matzá me da agruras (acidez estomacal)
- La matzá me trae shushulera (diarrea) o bien durera (constipación).
Desde que tengo uso de razón, escuché largas disquisiciones sobre si era aceptado comer arroz en Pésaj, porque levda (leuda). Cada familia lo cumplía o no, según las costumbres heredadas.
Ante la cantidad de transgresiones que los distintos miembros de la comunidad podían hacer sobre las normas establecidas en la comida pascual, podría intentarse una calificación de las mismas de acuerdo al grado de pecado o importancia de la transgresión:
a) Graves:
Mandar a un chico a la calle con un sándwich de pan o comerlo en un café sentado en la ventana a la vista de otros paisanos.
b) Simples:
No tirar adecuadamente el jamés (comida no pascual) al efectuar la limpieza de la casa. No usar la vajilla separada de la que se emplea cotidianamente. Aducir problemas de salud al hacer alguna contravención.
c) Leves:
No extremar la limpieza. Comprar comida pascual en una confitería de la que no se está convencido que es totalmente kasher.
Y por último una reflexión: ¿deberían reunirse de una vez por todas, en algún simposio de magnitud, sabios de todo el mundo para determinar si en Pésaj se puede comer arroz, o no?
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Cenicienta de los cincuenta
Por Alberto Benchouam

Su amiga Rebeca Mantel llamó por teléfono, a eso de las tres de la tarde.
- Javeres buenos, dijo su madre, mientras llamaba a Zimbul, que se estaba arreglando las uñas. Las muchachas hablaron unos minutos y después Zimbulica les contó a las mujeres reunidas, que meneaban la cabeza con cierta pena.
- La pobre está con fiebre y dolor de cabeza desde ayer, ya llamaron al Dr. Mayo y por supuesto, no irá a bailar esta noche al Club de Acevedo, tanto que nos preparamos para la fiesta de Purim.
- Cuentas buenas de los cielos, ¿cúalo que hagamos?, mira que fuimos a comprar telas a la Santa Paula para los vestidos, se cortaron el pelo, cortico, cortico, cómo la moda de agora, y zapatos de lo mejor del mundo, bueno, ya Pésaj está detrás de la puerta, hora se sar que no mos de el Dio, estrenarán todo el mes que entra, otra amiga que no esté comprometida no tienes y sola ir…que no mos traiga.
Esa tarde Zimbul se vistió, como tenía pensado, en un descuido de su madre se puso los zapatos nuevos, guardó aros y pulsera en su cartera que parecía un sobre y fue a visitar a Rebeca, que ya estaba mejor de salud, comieron y charlaron y como quien no lo quiere, ya se hicieron las once de la noche.
- Bueno, si querés quedarte a dormir, ya sabes que mis padres fueron a Montevideo, los pobres van una vez al año y se conforman con esas vacaciones de tres días.
Zimbul llamó a su madre para consultarla, no hubo problemas y conversó con su amiga hasta las doce. Cuando vio que estaba dormida, se dispuso a desvestirse, pero…una música de tango le hacía chasquear los dedos y tararear la melodía.
Seguro que es una milonga – pensó - y de Alberto Castillo. Es el Fulgor de Villa Crespo…y está en la otra cuadra. Como jugando y casi sin razonarlo, abrió su sobre plateado, se puso los aros largos que iban bien con el corte de pelo, tomó como una travesura las llaves, se pintó discretamente y, después de ajustarse los zapatos salió a una calle de barrio, casi desierta.
- Ahí va la Cenicienta - bromeó para sí - la carroza será para la próxima.
Las luces y los sonidos llegaban cada vez más fuerte a medida que repiqueteaban los tacos, llegó a unos metros y se paró. Pero, de pronto, vio a su amiga de familia árabe cristiana, la Leyla, acompañada por una rubia.
- ¿Qué hacés acá? Qué raro, ¿cómo que no vas a entrar porque estás sola?, vení con nosotras, ya tenemos reservada una mesa.
Y por primera vez la aventura, si la veía algún conocido sería el cumpleaños de Leyla, y además sólo se quedaría un rato.
- Dale, apurate, aprovechá, que a las damas no nos cobran hoy, mirá todos los muchachos que hay, hasta vienen de Palermo y de lugares finos - dijo la rubia, que llevaba un peinado alto y esponjoso.
Apenas se sentaron, pidieron refrescos adecuados para las chicas. Zimbul estaba por probar su granadina, cuando unos pantalones claros y bien planchados se detuvieron ante ella.
- Hace un largo momento, interminable, que la estoy mirando. Pero, esos ojos grandes y simpáticos lo hacen hacia cualquier lado - sonrió el muchacho.
- Zimbul sintió el pellizco de Leyla en la cintura, y un “salí”, así nos sacan a nosotras, no vinimos a planchar.
- Se paró indecisa, caminó hacia la pista y empezó a seguir el ritmo de la milonga. Tuvo que subir dos veces el brazo del muchacho y apartar un poco su cuerpo, tratando de no mirarlo a los ojos.
- No me la voy a comer, no se asuste, mi nombre es Guillermo, Guillermo Alvarez, para servirla, y el suyo es….Gloria o Victoria, ¿no?
- Me llamo Zulema, pero para todos soy Zimbul.
- Zimbul - qué nombre extraño, yo la llamaré Gloria.
- No, me gusta mi nombre, es de origen turco, soy israelita.
- Ah, yo no tengo ningún problema de religión, leí La Biblia y realmente las historias son epopeyas.
Epopeyas, la chica debía recordar esa palabra para buscarla luego en el diccionario, al tercer baile se fue a sentar. El hombre le retiró la silla y se alejó, no sin antes hacerse prometer los próximos “sueltos”.
- Es buen mozo - le comentó Leila, no te sacó los ojos de encima desde que nos sentamos, bueno ese gordito me mira, y si no lo hace otro, salgo.
Era la una y media, se escuchó un rock y Guillermo cumplió su palabra. Se movieron dos o tres piezas y por fin la chica expresó su deseo de irse del baile, tenía permiso hasta las dos.
- Cenicienta moderna, de los cincuenta y seis, bueno, aquí tiene mi teléfono, no le insisto para que no se quede descalza, llámeme, no le pido acompañarla, porque me imagino su respuesta, en realidad se lo digo a todas - dijo esbozando una mueca cómica y entregándole un papelito doblado. Ah, la granadina está paga.
Pasaron unos días y fue Pésaj, Zimbul devoraba las manuras, las minas y las dolmás de matsá con una mirada triste, un poco perdida. Había guardado el papelito, sin atreverse a leerlo otra vez, no se había puesto para el seder el vestido nuevo y varias noches soñó con panes, de todo tipo y comidas con levadura, que caían de un agujero oscuro, abierto en un costado del cielo.
Como en los cuentos, pasaron años y años, en un punto, como decimos nosotros.
Una nueva llamada de teléfono, con el que podía caminar por todo su amplio departamento de viuda rica.
- Abuela - ¿Te acordás del libro que me regalaste para mis trece, el que te dieron a vos cuando cumpliste esa edad?
- Si, mi´jica, Tradiciones y Costumbres Judías, una joya.
- Bueno, cuando lo abrí se cayó un papelito con un teléfono anotado, medio borrado, de un tal Guillermo, pero se lee igual, ¿te lo dicto?
Zimbul se quedó en un pedazo, se tomó un tiempo en contestar.
- Era de un plomero, las canillas que no cerraban en la casa vieja de tus abuelos, ah, gracias mi querida, tira el papelito y mazal bueno que tengas tu, ah, mira la cabeza de la persona, ahora me acordé de un cuento donde tu abuela fue princesa por una noche.
Javeres: noticias / Purim: festa judía conmemorativa. / manuras, dolmas de masa, minas: comidas de Pésaj / sar: miedo / Pésaj: pascua hebrea.
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La niña y el pasaje
Por Liliana Bliman

Hoy no comimos pan en la mesa porque es Pésaj; comimos matzá que es una galleta sin sal. Mi nona dice que comemos todo con matzá para recordar que fuimos esclavos en Egipto y Dios nos condujo a la libertad. Yo mucho no entiendo que significa eso porque esclavos ya no hay y Egipto queda lejos, muy lejos de mi casa.
Sobre la mesa hay: Rebanada de parida, Minas, tortillas de distintas verduras y vinito de Pésaj que es dulce como la miel. Mi nona le prepara un paquetito a mi mamá y nos vamos a la casa del Pasaje. A mi papá le gusta comer todas esas cosas pero no sabe nada de los esclavos ni de Egipto. Mi mamá tampoco sabe. Los que saben son mis abuelos. Durante varios días seguimos comiendo matzá pero yo le pongo dulce de leche y parece más rica.
Mis amigos del Pasaje no comen matzá, tampoco saben de Pésaj. Es que ellos no tienen abuelos que nacieron en Esmirna como yo. Ellos tienen abuelos de Italia, de España.
- Mamá, ¿si comemos matzá nos sentiremos libres?- Mi mamá sigue lavando los platos y parece no escucharme. Yo libre me siento, sólo a veces, cuando me prohíben salir a jugar en la siesta o cuando me llaman a dormir antes de las diez quisiera recordarles que hace muchos años Dios nos dio la libertad y que no es bueno perderla así porque sí.