jueves, 10 de abril de 2008

LA PARASHA DE LA SEMANA Y COMENTARIOS

Shabat Parashat Metzorá 18:16
Torá: Vaikrá (Levítico) 14,1-15,33
Haftará: Melajim Bet (II Reyes) 7,3-20


METZORA

Un mensaje de sanación
“Adonai le dijo a Moshé: «Esta es la ley que se aplicará para declarar pura a una persona infectada. Será presentada ante el sacerdote, quien la examinará fuera del campamento. Si el sacerdote comprueba que la persona infectada se ha sanado de su enfermedad, mandará traer para la purificación de esa persona dos aves vivas y puras, un pedazo de madera de cedro, un paño rojo y una rama de hisopo.»”
Vaikrá-Levítico 14:1-4
Parashat Metzorá nos convoca a comprender dimensiones como enfermedad, curación, sanación, exclusión y reinserción.Nos provoca con la crudeza de sus descripciones, nos ahuyenta con sus rituales... pero en el fondo, nos llama la atención.
Muchos de nosotros huimos despavoridos ante el temor que nos produce la enfermedad. Y mucho más una enfermedad de las que no se pueden controlar. Y cuando pienso en enfermedades imagino las físicas y las psíquicas, las consideradas enfermedades y las castigadas como malos hábitos.
Metzorá es quizás el paradigma de “lo enfermo”. Manchas en el órgano más grande del cuerpo humano –la piel–, manchas en la vestimenta… con lo que es imposible taparlas con ropa, manchas en las viviendas, por lo que tampoco se puede ocultar a los ojos de los demás.Todo se enferma. Todo se lee con los anteojos de la enfermedad. No hay otro tema ni otra posibilidad.
Metzorá es la representación de nuestro poco entrenamiento respecto del dolor y el sufrimiento. Los consideramos falta de bienestar, carencia de salud, castigo… no podemos aceptar que nos puede pasar, que es parte del desafío de la vida, que encierra, aunque no lo entendamos, un mensaje y que por sobre todo, nos exige tomar una posición al respecto, tanto a los sanos como a los enfermos.
Hoy quisiera centrarme en los objetos que se utilizan para la purificación de quien se ha sanado. Quiero superar la barrera de pensar que son rituales antiguos, perimidos, de una época en la que la medicina se acercaba más a la brujería…Quiero volver a enfrentarme, aunque sea con la imaginación, a ese momento en el que el Cohen bañaba a quien había estado aislado, mirándose sus propias manchas. Quiero verlo, o vernos, en esa situación. ¿Con qué mensajes hay que confrontarse para volver a la vida? ¿Cómo me preparo para volver a ser yo, sabiendo que no seré como antes? ¿Cómo elaboro el blanco de las manchas que cubrieron mi cuerpo a la hora de reinsertarme al mundo de los colores?He leído tratados de los aspectos medicinales de este ritual. Los efectos curadores de ciertas plantas, etc. Pero no me basta. Aquí debe haber algo más.
¿Qué elementos componían el ritual?Dos aves vivas, madera de cedro, ramas de hisopo. Un ave será matada y su sangre se mezclará con agua de manantial. En esa agua se remojarán el cedro y el hisopo y con todo esto se rociará a quien va a ser purificado. En ese momento, el Cohen dejará libre a campo abierto el ave viva.¡Imposible de soportar la escena!
Pero pensemos en sus símbolos.Dos aves. Una que muere y la otra que vuela. A eso se lo llama sanación. Al proceso de haber pasado por la línea de la muerte y haber podido o decidido tomar vuelo, despegar, salir de la trampa que nos mantenía ahogados. Ciertamente, aquella ave que murió deja una huella imborrable en nuestra experiencia. La enfermedad, el sufrimiento, la desesperación, la tristeza, aún cuando logramos superarlas constituyen parte de nuestra historia, de nuestros aprendizajes… ésa es la sangre. Sanarse no es negar lo que pasó. Es animarse a reconocerlo pero a su vez, permitirnos volver a conquistar los cielos.Todos los elementos se mezclaban en agua de manantial. Sabemos que la Torá no abunda en detalles innecesarios. Agua de manantial es agua que fluye, agua viva, renovada, agua incesante, que busca surcos. Así concibe nuestro texto el significado de la curación. Curarse tiene que ver con una decisión de salir de lo estancado, de lo que se pudre. Animarse a fluir y buscar aquellos caminos en los que podemos seguir avanzando. Sanarse es escaparle a lo sin salida, a lo predeterminado y hacerse dueños de nuestros propios cursos.
Y luego las dos plantas: cedro e hisopo. El cedro es un árbol que alcanza de 25 a 50 metros de altura, sus hojas son perennes y pueden llegar a vivir más de 2000 años.El hisopo es una especie rústica, una mata de baja estatura que resiste bien las sequías.Dos especies que aparecen como contrarias. La altura, lo eterno, la fortaleza del cedro y la pequeñez, la aridez y la baja estatura de un arbusto como el hisopo.
Sanarse es aceptar antípodas como parte de una misma expresión. Sabernos potentes, muchas veces omnipotentes y a su vez vulnerables. Aceptarnos en nuestros éxitos pero no abandonarnos ante los fracasos. Disfrutar los aciertos, convivir con las equivocaciones. Respetar los grises, los procesos, los logros de los otros, los instantes de felicidad, la incertidumbre, el azar que a veces nos juega en contra. Hisopo y cedro son los dos componentes que nos van a devolver el equilibrio que precisamos para estar sanados, recuperados, reinsertados… a la vida que decidamos vivir.
¡Shabat Shalom!

Silvina Chemen
Rabina de la Comunidad Bet El, Buenos Aires, Argentina

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Hablando pestes
No es novedad que nuestros sabios, ya hace milenios, enlazaron el concepto de “Metzorá” -aquella persona que está impura por una especie de afección dermatológica que cubre su piel, y a veces también (en casos extremos) sus ropas y su hogar- con el de la maledicencia. Es decir, entendieron que en la palabra “Metzorá” estaba de alguna forma encerrado el sentido de “Motzí shem rá”, o sea el de aquel que a partir de sus infamias y vilipendios logra que el nombre de algún prójimo sea cubierto de maldad.
No me sorprendería para nada rastrear hasta estos prakim (capítulos) de Vaikrá (Levítico) el origen de la castiza expresión de “hablar pestes del otro”; una expresión que los siglos trastocaron, ya que derivaron (¿cuándo no?) la primitiva y casi insoportable peste que cubría al calumniador hacia una fetidez más tolerable, recaída plácidamente en las palabras pronunciadas.
Ahora bien, los “links” conceptuales a los que nos tienen maravillosamente acostumbrados los doctores talmúdicos no dejan de sorprenderme, toda vez que nos arrimamos a sus páginas con la disposición necesaria para recorrerlos.
Es así que en el Masejet Moed Katán, el tratado que esencialmente estudia las leyes y las costumbres de los días intermedios de las festividades (Jol haMoed), una serie de folios están consagrados a las disposiciones que en esos momentos recaen sobre quien está de duelo (Avel), sobre aquel que está bajo excomunión (Menudé) y sobre el que es categorizado como “Metzorá”.
Pocas veces el Talmud pone de manifiesto el “taam”, vale decir el motivo o la causa por medio de la cuál armónicamente se trenzan temáticas y situaciones que -a prima facie- nos resultarían absolutamente desconectadas. Estamos ante uno de esos casos, ya que en Moed Katán 14b, 15a y 15b, se repasan con puntillosidad las conductas requeridas para aquellos tres grupos de personas, en cuanto a cómo atravesar períodos festivos, si se les tiene permitido estudiar Torá, si se los puede saludar o no, si deben rasgar sus vestiduras, si se les autoriza trabajar, si se les prohíbe el vínculo sexual, y demás cuestiones.
¿Qué es lo que se halla por debajo de la superficie de este Triángulo de las Bermudas conceptual percibido por nuestros jajamim hace milenios?
A riesgo de equivocarme (y rogando que nadie hable pestes de este comentario) me animaría a esbozar una hipótesis desde el punto de vista del “Metzorá”, abarcando solamente una de las tantas perspectivas posibles.
Y lo plantearía en estos términos: El “Metzorá”, lo sepa o no lo sepa, tiene un poco de doliente y otro tanto de excomulgado. Al que se le impuso un “nidui” o un “jerem” nadie puede acercársele a menos de dos metros, el doliente no puede salir de su casa, y el “Metzorá” debe ser colocado en cuarentena “mijutz lamajané”, fuera del límite del campamento. Me resulta curioso que no se haya hecho hincapié (y si es que sí se hizo no lo he localizado) en una lectura más directa de la palabra “Metzorá”, pues antes de comprenderla como “Motzí shem rá” es dable leerla como “Matzor rá”, es decir como un “bloqueo maligno”.
¿No hay acaso en estos tres personajes prototípicos un dejo de ámbito sitiado, de un contacto casi imposible, de un bloqueo inexorable producto de algo que se entremezcla con el mal?
Esa distancia visceral se me hace más clara todavía con el “Metzorá” entendido ya como todo aquel que hace uso -y más que nada abuso- de la difamación, porque evidentemente el calumniador está en cierta forma excomulgado, y la vez se halla de duelo. Está excomulgado porque a través de su “lashón hará” se ha separado de quienes alguna vez poblaron su círculo. Y bien sabemos de las veces en que algunas ofensas se constituyen en murallas inexpugnables que dejan a la gente (y a las familias) a años luz de distancia, aunque vivan en la misma cuadra.
Pero también está de duelo, básicamente porque ha dejado morir en él una porción de la humanidad que lo definía. Porque por su adicción al maltrato y a la palabra mala, no termina de captar cabalmente cómo el daño que estaba pensado para el prójimo termina resquebrajando su propia alma, su propio cuerpo y su propio entorno.
La Torá plantea el tema del “Metzorá” en un pasuk brillante, pues afirma “Zot torat hametzorá beiom taharató”, o sea “Esta es la ley del Metzorá en el día de su purificación”.
Es decir que en el mismo momento en que se comenzará a definir la impureza, se preanuncia el arribo de lo puro.
Pues entonces, que se acabe nuestro tiempo de duelo. Que llegue el fin de nuestro “jerem”. Y que concluya la cuarentena. Nos hemos bloqueado demasiado con tanta palabra necia, con tanto mal deletreado.
Es hora de retomar un poco de curación. Es hora de estar más sanos.
¡Shabat Shalom!
Rab. Marcelo Polakoff, Comunidad Judía de Córdoba, Argentina
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Parashat Metzorá
La Mala Lengua
Es largamente conocido aquel relato midráshico en el que se nos cuenta una anécdota de Rabán Gamliel y su sirviente Tavi.
‘Ve y tráeme lo mejor que encuentres en el mercado’, le dijo el Rabino.
Fue Tavi y le trajo una lengua. ‘Ahora tráeme lo peor que encuentres en el mercado’. Fue Tavi y le trajo una lengua. ‘¿Cómo puede ser –le preguntó Rabán Gamliel- que cuando te pido lo mejor del mercado me traigas una lengua, y cuando te pido lo peor, también me traigas una lengua?’. ‘Nada mejor que una buena lengua’, le respondió Tavi. ‘Pero…nada peor que una mala’ (VaIkrá Rabá 33, 1). Parashat Metzorá, trata de las diferentes manchas de la piel.
Ya nuestros Sabios sugirieron que estas manchas pueden ser producto de la mala lengua (del Lashón HaRá) en un claro juego de palabras entre el término "Metzorá" y la expresión "Motzí Shem Ra". Lo que Tavi insinúa en este relato es que las palabras que pronunciamos a diario tienen -para bien o para mal- un poder transformador.
Nada mejor que una buena lengua como decía Tavi.
Una buena lengua puede transmitir amor, puede hacer reír, puede traer consuelo al que sufre, o bien, pronunciar Divrei Torá y acercar a la gente a la tradición de Israel. Pero…nada peor que una mala. La mala lengua puede lastimar, puede ensuciar la reputación de una persona, puede hacer llorar, o bien, puede arruinar una relación para siempre.
La mala lengua es como las flechas, dice el Midrash. No sólo por su poder mortífero, sino porque una vez que se arroja la flecha no tiene posibilidad de regresar (Midrash Tehilim). Cuidar la lengua se cuenta entre las mitzvot más difíciles de cumplir para todo judío. Observar meticulosamente el Shabat es bien fácil. Limpiar la casa de jametz antes de Pésaj, es un juego de niños al lado de este precepto. Los preceptos ‘rituales’ son la capa externa del judaísmo…El Lashón HaRá está bien adentro, más cerca del corazón. Si el judío limpiara su lengua de la misma forma que limpia su casa antes de Pésaj, posiblemente el mashiaj llegaría mañana a la noche. Para entender el lugar que ocupa esta Mitzvá en nuestra tradición, pensemos en la Amidá misma que rezamos cada día. Allí pedimos por salud, por justicia, por sustento, por paz, por la reunión de las diásporas. Pero…¿Cómo empieza la Amidá?
Ad-nai Sfatai Tiftaj UPi Iaguid Tehilateja. Di-s –pedimos- abre mis labios, así mi boca pronuncia Tu alabanza. ¿Y cómo concluye la Amidá?
E-lohai Netzor Leshoní MeRa USfatai MiDaver Mirma. Di-s mío –suplicamos- preserva mi lengua de la calumnia y mis labios de la mentira. Sabían nuestros Rabinos al fijar el texto de la Amidá que no existe epidemia en el mundo de la magnitud del Lashón HaRá (la mala lengua). Y aún cuando en nuestras oraciones diarias supliquemos por valores supremos como la paz, la justicia y la salud, nuestros Rabinos eligieron que todos estos pedidos estén enmarcados por el pedido expreso de paz, salud y justicia…¡para nuestras lenguas! Ya que empecé contando la parte conocida del Midrash acerca de Rabán Gamliel y su sirviente, deseo concluir con la parte menos conocida; la continuación de este relato. Se nos cuenta allí que Rabí Iehudá HaNasí había preparado un banquete para sus alumnos, para el cual sirvió lenguas. Sin embargo, sirvió algunas lenguas tiernas y suaves y otras duras y ásperas. Los alumnos empezaron a elegir, comiendo las tiernas y dejando las duras en el plato. Al verlos Rabí, entendió que llegó el momento de la lección. Los miró fijo a los ojos y les dijo: ‘Así como hoy eligieron las lenguas suaves y abandonaron las ásperas…¡Hagan lo mismo con sus propias lenguas! Pésaj está ya a la vuelta de la esquina. Sabemos que Pésaj viene de la palabra ‘Pasaj’ (saltear) porque el Malaj HaMavet salteó en aquella noche de redención la casa de los hijos de Israel. Sin embargo, alguna vez alguna vez remarcó Rabí Itzjak Luria (el ARIZaL) que la palabra hebrea "Pésaj" está compuesta por otros dos vocablos hebreos: Pe + Saj (Boca que Habla). Allí, en la noche del Seder, nuestras lenguas y nuestro poder de palabra desempeñarán un papel fundamental. Contaremos y cantaremos. Alabaremos y rememoraremos el Éxodo tal como lo hacemos año tras año.
Quiera Di-s inspirarnos para trasladar ese espíritu de pureza al resto de los días del año ayudándonos a limpiar también el jametz que muy a menudo se posa en nuestras lenguas.
Rab.Gustavo Surazski - Keillat Netzach Israel - Ashkelon, Israel