sábado, 31 de mayo de 2008

ELECCCIONES EN LA A.M.I.A

La crisis del progresismo

La lista del rabino ultraortodoxo Samuel Levin triunfó en las elecciones comunitarias realizadas el 20 de este mes en la Asociación Mutual Israelita (AMIA). La victoria de Levin surgió como resultado de una alianza -impensable hasta entonces- entrelos sectores ortodoxos y la tercera minoría, encabezada por el rabino Sergio Bergman.

Por Alejandro Duvone y Daniel Goldman

Una larga tradición política secular y progresista fue desbarrancada días atrás de la conducción de la AMIA, una de las instituciones más relevantes y emblemáticas de la comunidad judía argentina. La AMIA es una asociación mutual, cuya comisión directiva se elige a través del voto de sus asociados, que representan un poco menos del 10 por ciento de los judíos de Buenos Aires. De los 18.600 socios de AMIA habilitados para votar, 7.341 concurrieron a las urnas para elegir la futura conducción de la institución, entre cinco listas posibles. La ortodoxia religiosa primero, y luego el acuerdo entre ésta y un sector que, desde el punto de vista político no representaría típicamente al ala progresista de la colectividad, y que reúne dirigentes de algunas instituciones religiosas liberales y clubes, permitió a la primera hacerse de la conducción de la institución, marcando un cambio radical en su historia. Cambio que, sin lugar a dudas, exige ser analizado.
Así, al procurar comprender este acontecimiento, se imponen tres preguntas: este viraje, ¿refleja un cambio profundo en la vida colectiva judía argentina o es apenas el resultado de una coyuntura tan efímera como el titular de un periódico?; ¿en qué medida podemos hablar de representatividad de la dirección política de la AMIA?; por último, ¿qué implicancias puede tener este acontecimiento para el futuro de la institución y de la vida judía en general?
Desde sus inicios, a mediados de la década de 1890, cuando la futura AMIA no era más que una sociedad que se ocupaba de la noble tarea de sepelios, pasando por las décadas de 1950 y 1960 en las que alcanza su cenit como centro comunitario, hasta un presente signado a fuego por el atentado terrorista de 1994 y por el esfuerzo de sus dirigentes por adaptar la institución a una sociedad judía más compleja, la AMIA estuvo dominada por distintas expresiones políticas que combinaron de modos diversos el sionismo y el progresismo. Esta historia cambió el 13 de abril último.
La crónica de la vida del colectivo judío en la Argentina, tal como la crónica de todos los colectivos que arribaron desde el inicio de la inmigración masiva, es la historia de una sucesión de profundos cambios sociales, económicos y culturales. Los judíos participaron, desde un inicio, de las glorias y las miserias del país, de sus éxitos y de sus fracasos. Entonces, así como un importante sector de la sociedad argentina optó por replegarse sobre sí misma en la década de 1990, privilegiando de una manera inaudita el bienestar privado y la seguridad económica por sobre cualquier consideración social y política, así lo hizo una porción significativa de la sociedad judía. Esta década no pasó en vano, y sus secuelas son el crecimiento de una derecha aséptica y superficial, que se inspira en los supuestos aires de gestión, eficiencia.
Pero la sociedad judía también sufrió otros cambios. La bancarrota de los partidos sionistas como referencias identitarias posibles de los judíos argentinos, ya no es un secreto. La dirigencia política judía tradicional ha dejado atrás, muy atrás, la discusión apasionada de ideas, y la ha reemplazado por un pragmatismo político guiado por los estrechos intereses de unas pocas figuras que no aciertan en comprender su responsabilidad como líderes. Este quiebre, visible de manera radical en las últimas elecciones, comenzó hace varios años. Frente a un abandono de la intelectualidad y el pensamiento, una caída de la religiosidad liberal y de nuevos sentidos que logren convocar y movilizar los espíritus judíos, la ortodoxia lentamente gana la calle, aunque en el presente no supere las mil familias. Sin embargo, es imprescindible señalar que esta ortodoxia no está compuesta por un único bloque homogéneo, sino conformada por diversos grupos que compiten entre sí pero que, coyunturalmente, decidieron aglutinarse en una alianza política.
Ahora bien, ¿de este escenario se deriva de manera automática el resultado de las elecciones que conocemos? Cualquier historiador podría acertar con la respuesta negativa. El escenario es una condición necesaria pero no suficiente. Diversos intereses políticos y personalismos debieron converger para desembocar en este desenlace. Y así como el problema de los entierros en los cementerios judíos logró reunir en una frágil alianza a la ortodoxia judía, las ambiciones y el orgullo de un puñado de dirigentes seculares y liberales impidió conformar una lista y un programa coherente y unificado que convocara al voto de los socios. Pero no sólo eso; esta misma ambición y un conjunto de indescifrables objetivos políticos condujo a que el extenuante proceso de negociaciones culminara el 20 de mayo con la alianza más impensable, ya que las dos listas que se unieron sostenían en sus plataformas principios opuestos, y así la tercera minoría acercó y sostuvo la escalera por la cual la expresión religiosa más cerrada subió con comodidad.
De todos modos, más allá de cuanta atención dediquemos al resultado de la elección, no debemos perder de vista que el problema de la representación es complejo y no admite un uso simple tal como el que quiere imponer, en este caso, la nueva conducción. En cualquier sociedad con una cultura democrática medianamente sofisticada, un alto nivel de ausentismo es una señal de alarma. Un signo de que algo se ha quebrado entre representantes y representados. De allí que, si repasamos las cifras mencionadas, observamos que acudió a votar a las elecciones menos del 40 por ciento del padrón habilitado. Un número, por cierto, muy reducido. Pero aún más importante: si a esta cuestión inicial le añadimos la distancia existente entre los casi 250.000 judíos que viven en el área metropolitana de Buenos Aires y las 7.341 personas que participaron del acto electoral, la pretensión de la conducción de AMIA de representar al conjunto de los judíos de Buenos Aires o, aún más, a la totalidad de los judíos argentinos, queda irremediablemente desdibujada.
Por otra parte, un cambio en la dirección de AMIA no implica modificación alguna en la vida cotidiana del amplio y diversificado mapa institucional judío. En efecto, escuelas, sinagogas, clubes socio-deportivos, centros de estudio, espacios culturales y un número importante de otras organizaciones judías mantienen una vida propia, autónoma de una supuesta centralidad.Sin embargo, podríamos explorar otra acepción de la noción de representatividad, un tanto más alejada de la teoría liberal clásica. En efecto, para comprender las posibles implicancias de un cambio político en la AMIA como el que aquí analizamos, debemos escapar a la idea de que la dirigencia refleja de manera directa la compleja topografía de la sociedad judía porteña y aceptar, en todo caso, que su representatividad reposa en una ficción nacida de su lugar simbólico producto de su historia y del lugar que el gobierno nacional le ha otorgado luego del atentado. Si así la consideramos, sería esperable y deseable que su conquista por parte de un sector religioso en crecimiento, pero aun periférico, y de una derecha pragmática genere un movimiento de reacción que congregue a aquellos discursos y voluntades que hasta aquí han sido aislados, pudiendo recuperar la fuerza movilizadora que el judaísmo argentino supo generar a lo largo de gran parte de su historia.