lunes, 16 de junio de 2008

MAS SOBRE EL TEMA A.M.I.A.

Todos genuinos para la Shoa
Por
Juan Carlos Algañaraz
En la Shoa, para los verdugos nazis no hubo exclusiones a la hora de exterminar a seis millones de judíos.Cuando el heroico levantamiento del ghetto de Varsovia, el comandante Mordejai Anielewicz y sus valientes lucharon por la dignidad judía y la libertad de los seres humanos sin averiguar el grado de devoción a la Torá de los combatientes. En el genocidio y la lucha revolucionaria los judíos murieron hermanados por una identidad que habían defendido durante siglos. El Holocausto, la plena realidad de lo inhumano, no surge de un día para el otro con la bestia nazi. Hicieron falta dos mil años de discriminación implacable, persecuciones atroces y padecimientos que los judíos llevan en el alma. Al pueblo de Israel se le ofrecía la conversión, antes de que los nazis no dejaran ninguna escapatoria, como alternativa para eludir tanto sufrimiento.Pero, el pueblo de la "dura cerviz", como dice la Biblia, se mantuvo en la Diáspora defendiendo su condición judía a trancas y barrancas. Negarla hubiera significado la extinción. Ha sobrevivido y sólo los judíos saben, en la dimensión profunda y exclusiva de lo que han padecido, lo terrible que ha sido el costo.La insólita paradoja es que, hace tiempo, en muchos países y también en Israel, se cuestiona entre judíos la identidad judía por exigencias religiosas que dividen al pueblo de Israel entre "genuinos", léase ortodoxos, y los otros, una especie de "medio judíos" que sólo adquieren su plenitud cuando se crecen las orejas del lobo del antisemitismo.¿Y cómo llamar a los no genuinos? ¿Antikosher, paganos, meshugenas, truchos? Este es un camino extremadamente peligroso porque el racismo está siempre presente, sobre todo cuando las grandes crisis de la Humanidad ponen a la orden del día la necesidad perversa de imaginar y castigar a los chivos expiatorios. La historia, en sus peores momentos para los valores civilizados, enseña que si un pueblo o una comunidad no se defienden unidos por el poderoso cemento de la identidad común, pueden afrontar un destino trágico. Por eso, quienes esgrimen las exclusiones deberían aprender de aquel famoso refrán de la Misnah Arbat: "Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será mí?