viernes, 14 de noviembre de 2008

IRREPARABLES PERDIDAS COMUNITARIAS


Por Daniel Goldman *

La muerte de un maestro es irreparable, y la comunidad judeo-argentina perdió en el último mes a dos grandes maestros, a quienes tenemos obligación de recordar. Los que amamos la historia y la literatura judía debemos interpelar a la ignorancia con los nombres de Abraham Huberman y Esther Jarmatz. “Nunca hubiese imaginado que una espalda humana pudiese ser tan expresiva”, decía Vassily Grosman en uno de sus inolvidables escritos. Al mismo texto alude Judith Butler en su brillante ensayo Vida precaria, quien con claridad meridiana juega sin tapujos alrededor del temor a la vulnerabilidad frente a la polémica y el cuestionamiento. Esa mujer sí que entiende lo judío, casi como el Moisés, crítico y criticado, cuando recuerda en su Biblia que a Dios no se le conoce rostro, simplemente su espalda. El torso de Dios es sinónimo de su imagen, o mejor dicho, de su ausencia de imagen. Es el abandono de la imagen la pretensión a Su semejanza, tan opuesta a la visión del hombre posmoderno, que pretende ser reconocido sólo por su aparición mediática. “Si no se conoce tu cara no existís”, hubiese alegado con otra finalidad Korda cuando fotografió al Che.
Podría argumentar que al contrario de como lo entendemos hoy día, dar la espalda, en términos antiguos, no era ser indiferente. Dar la espalda era lo más parecido a poner el cuerpo, sostener con el hombro, hacerse cargo del peso. La espalda es el rostro, a veces vencido y cansado como el dorso de cualquier escultura del viejo Frantisek Bilek en la antigua Praga. Espaldas sin contorno pero que ocupan un lugar. Al mostrarnos Dios su espalda tal vez nos sugiere que no tengamos cara. O redoblemos la apuesta: mostrar nuestra espalda implica que seamos invisibles. Que sea la acción la que se requiera, y que el rostro sea el irreconocible. Con todo esto no intento hacer un ensayo teológico, sino expresar un humilde modo de evocar. Ante tanta fama exigida y ante tanta cara-durez expuesta, el bajo perfil dejó de ser importante, dejó de ser un valor. Como dice Umberto Eco, trascendente era que no te ubiquen.
Y hete aquí que ni el pueblo de Moisés quedó exento. Sin nostalgias, en otra época los reconocidos en el pueblo del libro siempre fueron sus maestros. Quién sabe cómo era la cara del español Maimónides o la del holandés Spinoza. Y a pesar de las fotografías, quién reconocería a Lévinas caminando por las calles parisinas. En este presente, hasta los politiqueros comunitarios son más famosos que los escritores. Burda adaptación a la neoliberalidad represora. Sus héroes sin rostro, hoy son simples ignotos. Y el síntoma de la decadencia se evidencia, no cuando sus rostros no se reconocen, sino cuando sus nombres no significan. Algunos, los de siempre, van a sugerir que las críticas deben disimularse y no publicarlas por temor a despertar antisemitismo. Pero invariablemente la mentalidad del mediocre pide mutismo. Los maestros silenciosamente nunca callaron sus ideas, a pesar de haber sido desterrados de los contextos, la falta de presupuesto, la humillación en el oficio del magisterio y la ausencia de límites en el mapa del desprecio de la palabra y la cultura.
En el lenguaje hebreo maestro se dice “moré”, que significa “guía” y “rebelde”. En contra de ser contradictorios, los dos conceptos resultan complementarios. Maestro me suena a una traducción perfecta, porque tiene la densidad de la lección y la revolución. La palabra “docente” obviamente resulta más elegante que maestro, como la glamorosa relación entre geronte y viejo, bipolar y neurótico, hipoacúsico y sordo. Pero la elegancia le quita el dramatismo que necesita la autoridad y el barro con el que uno se debe ensuciar. A las cosas por su nombre: moré, maestro.
La muerte de un maestro es irreparable, y la comunidad judeo-argentina perdió en el último mes a dos grandes maestros, a quienes tenemos obligación de recordar. Los que amamos la historia y la literatura judía debemos interpelar a la ignorancia con los nombres de Abraham Huberman y Esther Jarmatz. Hijo de un obrero polaco, el maestro Huberman fue el mayor investigador latinoamericano sobre el Holocausto. Diversas publicaciones llevan la firma de este apasionado autodidacta, quien después de mucho tiempo y a una edad adulta viajó a la Universidad Hebrea de Jerusalén para legitimar su formación con un título (simple papel). Su conocimiento era tal que al año de estar estudiando ya enseñaba en esa alta casa de estudios. Uno de sus libros está dedicado al tema de los Justos de la Humanidad. ¿A quiénes se considera justos? A aquellas personas no judías que salvaron la vida de miles de judíos arriesgando todo, durante la Segunda Guerra Mundial. Historias fascinantes como las de Wallenberg, Giorgio Perlasca, el brasileño Sousa Mendez. Vale la pena pasar por este libro porque el lector encuentra en estos textos un motivo de inspiración y valores profundos, dignos de ser emulados. En un mundo en el que creíamos que nunca más todo esto iría a suceder, descubrimos que todavía van a precisarse de muchos héroes.
Esther Jarmatz tuvo una historia de vida muy particular. Sus anécdotas impregnaban con energía las clases. Nacida en Polonia en medio de la Shoá, sus padres escaparon a Siberia. Recuerdan sus alumnos que una vez concluida la guerra y ella y sus padres volvieron a su humilde hogar en el pueblito de Sokolow, el individuo que ocupaba la casa en ese momento abrió la puerta y con un tono despectivo les dijo: ¿De qué chimenea salieron? Obviamente se refería a las cámaras de gas. Poder seguir contando que alguien salió de las chimeneas, resulta el contrapunto de seguir creyendo que todavía se puede escribir poesía después de Auschwitz. Cuando, en el aula, la maestra Esther leía a Bashevis Singer, hablaba como Bashevis Singer. Cuando recitaba Bialik movía las manos como Bialik. Y cuando relataba la trama de una novela de Amos Oz, se reía como Amos Oz. No le tenía miedo a nada y se animaba a todo. Viajaba a cada pueblo del interior enseñando literatura y alentaba a sus alumnos a que hicieran lo mismo, sólo a cambio de la escucha, que era el mayor pago que podrían recibir.
Quien leyó esto ya es testigo de sus historias. Para que no nos vaciemos de sentido, demos evidencia de que la dignidad de la cultura se encuentra en la representación de la honra a los maestros que nos brindan la lección del inconformismo, que significa un eco de la eternidad.
* Rabino de la comunidad Bet El.