viernes, 4 de junio de 2010

MENSAJE DEL RABINO


Esta semana nos hemos visto consternados con el episodio de Mavi Marmara, la nave turca que junto a otros barcos que conformaron la llamada “flotilla de la paz” fuera atacada por la Marina de Israel.
Amanecimos el día lunes con las noticias que llegaban desde todos lados, denunciando la agresión israelí, de haber matado a nueves personas, herido a muchas más y habiendo impedido que la ayuda humanitaria de alimentos, juguetes, sillas de ruedas y demás productos pudiesen ser entregadas a los habitantes de la Franja de Gaza.
Nuevamente Israel ha sido puesto del lado del agresor y la mayoría de los medios masivos trataron de mostrar que la misión humanitaria fue llevada a cabo por pacifistas de distintas naciones, que estaban desarmados y que no pudieron cumplir con su objetivo.
Viendo en profundidad los comunicados de Israel y de medios independientes, nos podemos dar cuenta de que ha sido un hecho muy grave, que lamentablemente costó víctimas, pero cargar toda la culpa sobre Israel es algo desmedido. Israel se ha encargado de mostrar filmaciones, grabaciones de los integrantes de la armada comunicándose previamente con la nave Mavi Marmara pidiendo que desembarcaran en Ashdod y enviar toda la ayuda humanitaria por tierra, previa inspección de parte de Israel, a fin de evitar que elementos ajenos a la ayuda humanitaria fueran parte de ese cargamento.
Al momento de escribir estas líneas, todo ha sido condena para Israel y esto ya ha ocurrido tantas veces que Israel no puede contrarrestar el poder de los medios que buscan victimizar más y más a la población palestina.
Es el deseo que la cordura pueda primar, que las investigaciones puedan llevarse a cabo, que pueda llegar ayuda humanitaria a Gaza y que de una vez por todas pueda haber diálogo y no violencia y ánimo de enfrentamiento permanente, que hace que la paz sea algo cada vez más lejano.
Elevamos nuestras plegarias para pedir como siempre lo hemos hecho, por la paz en la región, el entendimiento de los pueblos y el fin del conflicto. Son deseos de tanto tiempo y que frente a episodios como el de Mavi Marmara, parecen ser más difíciles de lograr. Tenemos esperanza y fe en el dialogo que debe producirse en forma bilateral, y llegar al entendimiento verdadero. Sin duda desde ambos lados hay voces y personas que quieren dejar de lado la violencia que afecta tanto a la región.
Considero que ambos pueblos, el israelí y el palestino deben aprender a convivir más allá de las diferencias políticas y religiosas que ha habido a lo largo de la historia. Debería haber una solución a este conflicto permanente y D´s quiera que podamos ser testigos de ello.

Shabat Shalom
RAB. RUBEN SAFERSTEIN

miércoles, 2 de junio de 2010

LA PARASHA DE LA SEMANA


PARASHA SHELAJ LEJA
פרשת שלח־לך

El atajo

Los hijos de Israel se encuentran a las puertas de la Tierra Prometida.Hace una semana, en Parashat BeHaalotjá, leíamos acerca del llamdo de Moshé a su suegro: "Y dijo Moisés a Jovav, hijo de Reuel el midianita, suegro de Moisés: Vamos de partida hacia el lugar del cual el Eterno dijo: Yo os lo daré. Ven con nosotros y te haremos bien, porque el Eterno ha prometido que traería el bien sobre Israel" (BeMidvar 10, 29).La Torá sugiere que el camino hasta ingresar a la Tierra de Israel era de unos pocos días nomás. Y de hecho la Parashá de esta semana no hace más que confirmar dicha impresión: en cuarenta días, los meraglim (espías) de nuestra Parashá, partieron, espíaron, cortaron del fruto de la Tierra y regresaron al campamento.En términos del mundo antiguo, sin medios de transporte, aviones y helicópteros, cuarenta días de caminata no parece ser gran cosa.Y aun así, todos sabemos lo que ocurrió con aquella corta caminata a la Tierra de Israel. Esos cuarenta días, se convirtieron en cuarenta años, y aquel paseo de los espías, se transformó en una pesadilla para una generación entera.Mientras Caleb -e Ieoshúa- dijeron: "Subiremos y tomaremos posesión de ella, porque ciertamente prevaleceremos sobre ella" (BeMidvar 13, 30), el resto de los espías afirmaba con espíritu derrotado: "La tierra por donde hemos pasado para explorarla, es tierra que consume a sus moradores" (BeMidvar 13, 32).¿Qué es lo que viene a enseñarnos la historia de los meraglim?Permítanme responder a esta pregunta sirviéndome de un cuento de Shmuel Iosef Agnon Z"L llamado "La cabra".Cuenta Agnon que a un judío polaco se le había recetado la ingestión de leche de cabra.El hombre fue al mercado a comprar el animal, pero éste solía desaparecer de tanto en tanto. No obstante, cuando la cabra regresaba a casa del hombre, sus ubres estaban colmadas de una leche más dulce que la mismísma miel.El anciano -intrigado- reveló a su hijo su deseo de saber hacia dónde huía la cabra. El hijo decidió atar una soga al rabo del animal y cuando ésta se dispuso a partir, el joven tomó la soga en sus manos y fue trás ella.La cabra ingresó en una cueva, y el joven caminaba detrás suyo. Y así siguieron caminando un par de horas (o tal vez un par de días) hasta que la cueva desembocó en un lugar de colinas cubiertas por árboles frutales.El joven preguntó a los moradores del lugar acerca del nombre de aquel paraje y se le respondíó que se hallaban en Tzefat, en la sagrada Tierra de Israel.El muchacho se recostó por un rato a descansar y al levantarse de su siesta se dispuso a regresar a su casa para traer a su padre a la Tierra Prometida. Sin embargo comprendió que era víspera del Shabat y que no le alcanzaría el tiempo para regresar.Fue entonces que decició redactar una nota a su padre, en donde escribió: "He llegado felizmente a Eretz Israel y desde la santa ciudad de Tzefat te escribo. No preguntes cómo he llegado aquí. Toma la soga atada al rabo de la cabra y ve tras ella. Así llegaras seguro a la tierra de Israel".El joven colocó la nota detrás de la oreja de la cabra. Suponía que al llegar la cabra hasta su padre, éste le acariciaría la cabeza y ésta movería sus orejas haciendo caer la nota. Su padre leería el mensaje y vendría hacia Tzefat tomado de la cuerda.Sin embargo ésto no ocurrió. La cabra regresó pero la nota no cayó al suelo y el padre supuso erroneamente que su hijo había sido devorado por una fiera.Fue entonces que –preso de la trsiteza- el hombre decidió degollar a la cabra. Finalmente al hacerlo, encontró la nota arrojada sobre la tierra y comprendió todo lo que había ocurrido.Pero obviamente ya era tarde. La cabra yacía muerta delante suyo y el hombre jamás logró conocer el preciso lugar de aquella maravilosa cueva.Desde aquel día –cuenta Agnon- el atajo que conduce a la Tierra de Israel permance oculto a nuestros ojos.
Desde tiempos inmemoriales, muchos son los judíos que buscan "atajos" en lo que respecta a la Tierra de Israel. Y el hecho de que dichos judíos hayan nacido en ella o hayan venido a ella desde la diáspora resulta simplemente irrelevante.Buscar atajos para la tierra de Israel equivale a pensar del modo en el que pensaron diez de los doce espías: Si hay que luchar por ella, pues entonces no tiene sentido intentarlo.Para Agnon, el camino corto a Israel se transformó en una incóngnita desde aquel día en que aquel judío degollo a su cabra. Para la Torá, el "atajo" hacia la Tierra Prometida desapareció desde aquel día en que los espías regresaron al campamento.El mensaje es el mismo. Nuestros sabios lo dicen de manera ácida y tajante: "La Tierra de Israel solo puede ser adquirida por medio de tormentos" (Berajot 5a).Yo lo diré de manera algo más suave, basándome en la historia de Agnón y en el relato de los espías: En lo que respecta a la Tierra de Israel, los "atajos" no existen desde hace mucho tiempo.

RAB GUSTAVO SURAZSKI

PALABRAS DE VIDA


EL PACTO, SIEMPRE EL PACTO

Todos recordamos el pacto que le presenta Dios a Noé luego de hacer caer el Diluvio sobre el mundo. En esa instancia, Dios le promete al nuevo padre de la humanidad no destruir el mundo. Pero en esa promesa hay una omisión que, si nos percatamos, nos produce escalofríos: Dios no promete que nosotros no destruiremos el mundo.
Como señala Rabi Ioshua de Kutna, el arco iris (el símbolo del pacto entre Dios y Noé) es un semicírculo. Esa es la promesa que Dios nos hace. La mitad de Dios debe ser completada con nuestros propios colores entrelazados.
Las relaciones que construimos gracias a la santidad, a la compasión y al amor son nuestro arco iris recíproco. Abarcando todos los colores, incluyendo no sólo a nuestra comunidad, sino también a nuestros prójimos, nos enseña que en el pacto está el secreto de la salvación, de la nuestra y del mundo todo.
La idea de Brit, de pacto, es la espina dorsal del judaísmo. No hay ninguna idea más importante para el desarrollo de nuestra tradición. El judaísmo conservador, a medida que ha crecido, ha tomado en serio la idea pactual, algunas veces sin darse cuenta. El momento ha llegado para recordarla, para desarrollarla en formas poderosas y nuevas, y para crear un judaísmo que pueda cambiar la vida judía en nuestra Kehilá, en el corazón de Buenos Aires y más allá.
Esta clase de convicción es vital para el futuro del pueblo judío, una nación pactual nacida de la pasión por mejorar al mundo bajo la soberanía de Dios, como lo ¨cantamos¨ cada vez que en nuestra Sinagoga nos juntamos a rezar, cuando al final del Aleinu Leshabeaj decimos: ¨Letaken Olam be maljut Shadai¨.
Dr. Gabriel Pristzker
Seminarista

RESUMEN DE LA PARASHA SEMANAL


RESUMEN DE LA PARASHA SHELAJ LEJA

En el comienzo de esta Parashá el Eterno ordenó a Moshé que enviara hombres para explorar la tierra de Canaán, eligiendo un hombre de cada tribu. El Pueblo de Israel se encontraba en Kadesh, en el desierto de Parán, y Moshé, según la orden del Eterno eligió a doce representantes, uno por cada tribu, para explorar la tierra prometida; entre ellos se encontraban Yehoshúa y Caleb. A su regreso, debían informar sobre la tierra vista, sus condiciones, su población, su suelo.
Los emisarios cruzaron el Neguev, al sur de Canaán en dirección al norte, habiendo llegado a Rejov, pasando luego por Hebrón y posteriormente llegaron al valle de Eshkol. Estuvieron ausentes durante cuarenta días, en que regresaron a Kadesh, en el desierto de Parán donde se encontraba el campamento. Trajeron consigo grandes racimos de uvas, granadas e higos.
Cuando se presentaron ante Moshé y Aharón, reconocieron que se trataba de una tierra que mana leche y miel, con grandes frutos. Asimismo observaron grandes ciudades muy fortificadas y relataron que sus habitantes eran muy fuertes y poderosos, y que sería imposible conquistar la tierra de Canaán. De esta manera atemorizaron a los Bnei Israel.
Yehoshúa y Caleb, no compartieron ese informe negativo y aconsejaron que el pueblo continuara su marcha hacia Canaán. No obstante, el pueblo se rebeló y pidieron elegir otro líder que los condujera nuevamente a Egipto. No quisieron oír las palabras de Yehoshúa y Caleb.
El Todopoderoso se encolerizó contra el pueblo por la falta de fe y quiso destruirlo para luego formar otra nación, pero Moshé con sus rezos medió y logró la supervivencia de los Hijos de Israel, aunque fueron condenados a errar por el desierto durante cuarenta años, un año por cada día que los espías estuvieron fuera del campamento. De esta manera a través de ese tiempo morirían todos los mayores de veinte años (salvo Yehoshúa y Caleb) y así entraría a Eretz Israel una nueva generación.
Los diez espías que hablaron desfavorablemente, murieron a causa de una plaga, inmediatamente.
Luego, el pueblo comprendió su error y quiso subir a la tierra prometida, a pesar de que Moshé les advirtió que el Todopoderoso no los acompañaría y una cantidad de sus miembros, obstinadamente, partieron y fueron derrotados por las tribus de Amalek y Canaán.
Hashem ordenó que cuando el pueblo entrara a la Tierra Prometida, debían realizar ciertas ofrendas y cuando comieran pan, deberían apartar una parte de la masa como ofrenda al Eterno. Esto último fue ordenado para todas las generaciones.
Mientras el pueblo permaneció en el desierto, se comprobó que un hombre profanaba el Shabat. Se le retuvo y se consultó al Todopoderoso quien ordenó castigarlo apedreándole hasta morir.
El Eterno dijo a Moshé que promulgara una ley por la que los Hijos de Israel (solo los hombres) debían usar Tzitzit (flecos) en los bordes de sus vestimentas (en las cuatro esquinas), para que el pueblo recordara y cumpliera los mandatos Divinos. Es ley para todas las generaciones del Pueblo de Israel.