miércoles, 16 de febrero de 2011

PALABRAS DE VIDA


Becerros de oro

El siglo pasado ha sido el siglo de los grandes logros humanos: La conquista del espacio, empezando por la invención del automóvil, después el avión, hasta el cohete a la luna; la casi victoria sobre muchas enfermedades con antibióticos, quimioterapia, transplante de órganos; la expansión de las comunicaciones con la invención de la radio, la televisión, las computadoras, los satélites. Constantemente nos sorprendemos a nosotros mismos, con lo que podemos hacer, y en el proceso, Dios parece cada vez menos impresionante. Cuando Samuel Morse invento el telégrafo hace mas de cien años, las primeras palabras que envió por cable fueron: “¡Esta es la obra de Dios!”. Cuando Neil Armstrong pisó la superficie de la luna en 1969, sus primeras palabras fueron: “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad”. Véase quién está puesto en primer plano, y quien está olvidado, cuando se trata de las maravillas de nuestro tiempo.

La tecnología es la enemiga de la reverencia. Deliberadamente o no, la tecnología apaga fuegos sagrados porque la tecnología es la celebración de lo que puede hacer el hombre. En la Torá, cuando se habla del culto a los ídolos, no se está hablando de rezarle a piedras y estatuas. El culto a los ídolos es la celebración de lo hecho por el hombre como el más alto logro del hombre. Lo que está mal en el culto a los ídolos, con el culto a las realizaciones humanas como si fuera la culminación, no es solo que sea desleal u ofensivo para con Dios. El pecado del culto a los ídolos es su futilidad. Porque en realidad es un modo indirecto de amarnos a nosotros mismos, que no puede ayudarnos a crecer, como sí lo hace el culto a Dios que está por encima de nosotros. Como resultado encontramos la vida chata en insulsa y no comprendemos por qué.

En última instancia, la adoración al hombre y la celebración de lo hecho por el hombre, se vuelve aburrida, precisamente porque no puede elevarnos por encima de nosotros mismos. Hay algo en nosotros que intuitivamente lo comprende. Podemos mirar un lago, un mar, una montaña o un arroyo durante horas y no sentirnos aburridos; nos sentimos en paz, tranquilos. ¿Pero cuánto tiempo seguido podemos mirar algo hecho por el hombre, como un avión o un rascacielos? Incluso el más rico y mejor programa de televisión empieza a aburrirnos al cabo de un rato.
Nos cansamos rápido de las cosas hechas por el hombre.

(Adaptado del libro “¿Quién necesita a Dios?”, H. Kushner)
LIC.GABRIEL PRISZTKER
Seminarista