viernes, 22 de abril de 2011



JOL HAMOED PÉSAJ


Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch, Rector del Jewish Theological Seminary


Traducción de Inés Baum



El coincidir de este año de Pésaj y Pascua, de la Semana Santa cristiana con nuestra celebración de ocho días de Pésaj, amerita atención. A diferencia de la asociación de Navidad y Janucá, la Pascua y Pésaj son fiestas de igual importancia. Las dos iluminan las estructuras más profundas de sus respectivas religiones.
En primer lugar, su matriz inviolable es la primavera. En ambos casos, el calendario se ajusta para asegurarse de que la festividad se celebre al principio de la primavera. Para la iglesia, que creía que la resurrección había acontecido en un domingo, el primer concilio de Nicea en el año 325 determinó que la Pascua debía caer siempre el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio vernal. En consecuencia, la Pascua continuó celebrándose sin una fecha fija pero siempre próxima a la luna llena, lo que coincidió con el comienzo de Pésaj el 15 de Nisán.
Según el mismo parámetro, los rabinos interpretaron el versículo “Hoy mismo salís, en el mes de aviv” (Éxodo 13:4), como una restricción para que Pésaj siempre fuera al principio de la primavera, o sea en un mes de transición, cuando las lluvias del invierno finalizan y el clima se torna apacible (Ver Rashi ad loc). La palabra “aviv” en realidad significa espigas frescas de cebada. Aún más, como la Torá había estipulado que el mes en el que ocurrió el éxodo de Egipto debía señalar el comienzo de un nuevo año (Éxodo 12:2), el final del año anterior estaba sujeto a extensiones periódicas con el fin de mantener el calendario lunar judío sincronizado al año solar. Entonces, si la cebada en los campos o la fruta en los árboles no estaba lo suficientemente madura como para traer el omer o los primeros frutos al Templo, el arribo de Pésaj podía atrasarse declarando un año bisiesto y redoblando el mes final de Adar (Tosefta Sanedrín 22). En resumidas cuentas, la Pascua y Pésaj estaban destinados a coincidir una y otra vez.
En segundo lugar, en ambas fiestas la naturaleza y la historia convergen con un resonante mensaje de esperanza. La renovación de la naturaleza que llega con la primavera amplifica la promesa de la redención enclavada en los acontecimientos históricos que se conmemoran. Para cada comunidad en la fe, la presencia de Dios se manifiesta de dos maneras, en la naturaleza y a través de la historia.
Pero en ambas, el medio preferido es la historia, un legado del paso bíblico hacia el monoteísmo. Tanto el judaísmo como el cristianismo se apoyan firmemente en los relatos fundamentales que se recrean ritualmente en sus respectivos festivales de primavera. En Egipto, la familia de Jacob se había transformado en una nación unida por la amarga experiencia de la opresión. La redención por Dios les concedió la misión nacional de crear un cuerpo político con vistas a un orden más noble. A pesar de que sus descendientes fallaron, el cuerpo de su literatura religiosa, que recogió sus esfuerzos y expresó sus ideales, retarían a la humanidad y, al mismo tiempo, los confortaría en su largo exilio. Recordar el éxodo en tiempos difíciles alimentaba el deseo por una restauración futura, razón por la cual Pésaj termina con la recitación de una haftará rebosante de este mesianismo de-este-mundo (Isaías 10:32-12:6).
Si Pésaj trata en su mayoría sobre Egipto, la Pascua trata sobre Pésaj. Su locación histórica es Jerusalén durante Pésaj, la última cena podría considerarse un séder primitivo y Jesús estaría destinado a convertirse en el cordero pascual. En efecto, el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica llama a la Pascua “El Pésaj Cristiano” (no. 1170), y habla del “Misterio pascual de la cruz de Cristo” (no. 57). La buena noticia es que la muerte de uno tiene la capacidad de salvar a muchos. La resurrección de Jesús es la confirmación esencial de la vida o, en palabras de la liturgia bizantina: ¡Cristo se ha levantado de entre los muertos!Al morir, conquistó a la muerte;A los muertos, él les ha dado vida. (no. 638)
Finalmente, debido a que el mensaje de ambas fiestas es tan central para el sistema de creencias de cada comunidad religiosa, dicho mensaje entrelaza la liturgia durante todo el año. En la Hagadá leemos que el Rabino Elazar ben Azaria ya tenía una edad avanzada antes de decidir que el éxodo de Egipto debía ser recordado por cada judío dos veces al día, tanto en la noche como en la mañana. Por esto se añadió al tercer párrafo del Shemá la parte en que se afirma este hecho fundamental. La compasión de Dios nos obliga a santificar nuestras vidas. En correspondencia, para los católicos y para muchos protestantes, el sacramento semanal de la comunión, como un acto repetido de la última cena, hace que la gracia salvadora de Dios sea una realidad que se vive.
Pero a pesar de todos sus aspectos comunes, Pésaj y la Pascua son fundamentalmente distintos. Mientras que ambos festivales tratan sobre el rescate de un estado de desesperación, ya sea de esclavitud o del pecado, Pésaj anuncia el nacimiento del pueblo judío como una fuerza para el bien dentro de la comunidad de las naciones. En contraste, la Pascua asegura la vida eterna individual del cristiano. Pésaj hace un llamado colectivo a los judíos para que arreglen el mundo; la Pascua anuncia una manera de salirse de un mundo incapaz de ser reparado. Pésaj refleja un punto de vista del mundo que devalúa la vida después de la muerte y antepone la comunidad al individuo. La Pascua indica una religión que le da vuelta a ambas prioridades, haciendo posible el consuelo para aquellos que habían perdido la fe en los dioses de Roma.
Es bien sabido que Pésaj no es el único año nuevo judío, que de hecho comparte este papel con Rosh Hashaná. Mientras que nuestros meses están numerados a partir de Nisán, los años se cuentan a partir de Tishrei. Tras la canonización de la Biblia Hebrea y tal vez acompañado por el nacimiento del cristianismo, la razón para esta anomalía es el desarrollo de Rosh Hashaná como festival referido únicamente al destino de cada individuo. La Mishná afirma que solamente en Rosh Hashaná Dios tiene “a todos los habitantes de la tierra ante Él, como rebaños de ovejas” (Rosh Hashaná 1:2). En los otros tres festivales de peregrinaje, incluyendo Pésaj, el mundo es juzgado por Dios en forma colectiva. La transformación de ese primer día sin nombre del séptimo mes, cuando serían convocados al son de trompetas (Levítico 23:24 y Números 29:1), en un solemne día del juicio para cada miembro de la humanidad, sugiere una respuesta judía ante una sociedad con un mayor sentido de la importancia del individuo.
El resultado, sin embargo, no es una transformación del judaísmo. Su estructura más profunda permanece intacta. Rosh Hashaná se une a Pésaj, no lo reemplaza. Aunque el valor del individuo se eleva definitivamente , la prioridad del grupo no se devalúa. El judaísmo continúa estando animado por un espíritu de comunidad. Así mismo, la orientación que domina sigue siendo de-este-mundo. Rosh Hashaná y Yom Kipur no tratan sobre alcanzar el cielo. Todas nuestras plegarias reflejan una súplica humilde a Dios: que nos de tan solo un año más para volver a tratar, para vivir nuestra vida de forma tal que haga la diferencia. Nuestra tarea es arreglar el mundo, no escaparnos de él. La conservación de dos años nuevos, uno en la primavera y otro en el otoño, indica un esfuerzo notable por mantener las polaridades en equilibrio.